Por Carlos Garmendia Fernández
Fotografía: Pedro Pegenaute
Creo que fue en mi segundo
año de carrera cuando descubrí a Marcel Breuer, no recuerdo si fue por
casualidad o premeditado el encontrar un libro sobre su obra en la biblioteca,
pero desde luego supuso uno de los descubrimientos más gratos que recuerdo,
convirtiéndose desde entonces en uno de mis Arquitectos referentes.
¿Y qué tiene que ver
Breuer con este proyecto? Nada, perdón, nada directamente relacionado; pero en
ese libro leí una frase enunciada por el propio Arquitecto que me llamó mucho
la atención y que decía algo así como que “la buena Arquitectura seguiría
siendo bella fuera cual fuera la intervención de su usuario” (no recuerdo las palabras exactas) y que en muchas
ocasiones me viene a la cabeza al mirar las fotografías de algún proyecto
recién terminado, impoluto y ordenado suscitándome la duda de imaginar cómo
serían esos mismos espacios años después.
En la mayoría de estas
ocasiones, mis dudas van más enfocadas a la idea de que ese proyecto nunca
sería tan bello como en ese justo momento, instantes después de ser rematado y
alicatado y al mismo tiempo fotografiado con conocimiento y buen hacer y que,
pasado un día, ese mismo proyecto sería un poco menos atractivo y que, pasados
dos, el resultado sería todavía más desesperanzador.