En 1973 Ricardo Bofill descubrió en las afueras de Barcelona, una fábrica de cemento en desuso, un complejo industrial de inicios de 1900.
“Delante de mí- dice- había 30 inmensos silos, una chimenea altísima, cuatro kilómetros de subterráneos, unas gigantescas salas de maquinaria.
Durante mi primera visita a la vieja fábrica de cemento, de repente pensé que una cosa horrible podría transformarse en algo muy hermoso, de la misma manera que la idiotez puede, a veces, transformarse en genialidad. La fábrica de cemento corresponde al primer periodo de la industrialización de Barcelona y no ha sido construida según una planta general previa sino yuxtaponiendo diversos elementos. El resultado fue entonces una serie de volúmenes añadidos los unos a los otros y distintas cadenas de fabricación que recuerdan la arquitectura vernácula pero con aspecto industrial. Seguí adentrándome y poco a poco me di cuenta de que en la fábrica estaban presentes las diferentes estéticas desarrolladas desde la última guerra mundial; el tratamiento duro y escultural de la materia: volúmenes rotos, escaleras que no van a ninguna parte, espacios potentes ya inútiles y extrañas proporciones y sin embargo llenos de magia.



