Museo para una pequeña ciudad: Herzog & de Meuron en Mexico.
Guadalajara
no es una ciudad pequeña. De hecho cualquier conurbación que consiga dicho
título en México termina por correr el
mismo riesgo que afecta a la capital. Como si de una metástasis se tratara, el
cáncer (“el espacio basura” en palabras de Rem Koolhaas) avanza afectando los distintos
órganos hasta colonizar al cuerpo entero.
La Zona
Metropolitana de Guadalajara es actualmente la segunda más extensa del país, pero
como mencionara tan acertadamente Kenneth Framton “El crecimiento sin límites
no hace ciudades. Es un reflejo del consumismo” y así, por paradójico que pueda
resultar, la que otrora fuera el epicentro cultural del país, cuna de artistas
de talla mundial no cuenta en pleno Siglo XXI con un museo de arte moderno y contemporáneo
acorde a su categoría.
En 2003
la Fundación Guggenheim aceptó apoyar un primer intento para ubicar la sede
latinoamericana de la franquicia en la capital jalisciense y en 2005 convocó a
un concurso entre tres reconocidos estudios, Asymptote Architecture, Ateliers
Jean Nouvel y TEN Arquitectos, resultando éste último como el ganador con una elegante
propuesta que además de albergar el programa necesario para la correcta operación
del museo funcionaba como mirador hacia su imponente enclave, la Barranca de
Huentitán y a su espalda la gran urbe, coronando a la vez a una de las arterias
principales cual hito luminoso reivindicando uno de los barrios menos
favorecidos de la llamada Perla de Occidente.
Pero como
si de una maldición se tratase, los concursos para equipamiento en Jalisco
parecen nunca concretar y al final del mismo año, tras que el estudio de
factibilidad arrojara la cantidad de 350 millones de dólares para realizar el centro
cultural, el proyecto fue abandonado argumentando otras prioridades.
Por
fortuna el tapatío es necio por naturaleza y con una locación inmejorable y el
estudio de factibilidad realizado el proyecto se retomó a finales del 2009 obviando
esta vez el concurso y designando directamente al despacho suizo Herzog &
De Meuron para la tarea, esta vez con un presupuesto tope diez veces menor.
La
propuesta de los helvéticos se emplaza justo en el parque preexistente,
respetando el denso arbolado sobreviviente a la expansión urbana descontrolada,
convirtiendo al museo por su condición fronteriza en un espacio inclusivo, un
lugar de encuentro común entre ciudad y naturaleza entre los habitantes del
oeste y los del este, históricamente segregados por la línea divisoria que
representa la Calzada Independencia.
La
adición de elementos fue la estrategia a seguir; salas individualizadas que se comprimen
y levantan sobre soportes independientes generan intersticios a utilizar como
patios que interactúan entre las salas, el bosque y el cañón.
Hacia 1943
Mies Van Der Rohe escribía un breve manifiesto para lo que debiera de ser a su
pensar el museo moderno y del cual el presente ensayo toma su nombre “A museum
for a small city”.
“El edificio, concebido como único y gran
espacio, permite máxima flexibilidad. La estructura, que permite construir un
espacio de esas características, sólo puede realizarse en acero. De esta
manera, el edificio únicamente está formado por tres elementos básicos: una
losa en el suelo, pilares y un forjado en la cubierta.
Bajo el mismo techo, pero separadas del
espacio de exposición, se encontrarían las oficinas de administración. Estas
tendrían sus propios lavabos y almacenes en un sótano bajo la zona de oficinas.
Los cuadros pequeños se expondrían en paredes
autoportantes, libremente dispuestas. Todo el espacio del edificio estaría
disponible para agrupaciones mayores, estimulando una utilización más
representativa del museo de lo que es habitual ahora. Con esto se crea un noble
escenario para la vida cívica y cultural de toda la comunidad”.
Aun
cuando la propuesta de los suizos plantea varios espacios interconectados en
lugar de uno único resulta sorprendente la similitud de las ideas de ambas
propuestas sobre cómo debiera vivirse un espacio dedicado al arte. La
cristalización de dicho manifiesto se logró magistralmente en la Neue
Nationalgalerie de Berlín, y bien se podría ver al Museo Barranca como una
variante del mismo esquema.
Lo
interesante de ésta comparativa, más allá de intentar encontrar la etimología arquitectónica
o de formular supuestas teorías sobre si el despacho suizo conocía y se basó en
la propuesta de Van Der Rohe, es el reivindicar la vigencia de la forma
arquitectónica moderna, entendiendo la palabra forma como “modo de hacer” independientemente de la figura que se elija para delimitar el
espacio proyectado. Modo versus Moda.
Citaré a
Josep Quetglas en su libro El horror Cristalizado (Actar 2001) para concluir
este breve escrito:
“Nadie puede imaginar lo moderno. ¿Con qué lo
pensaría, sino con conceptos del pasado? ¿Con qué lo imaginaría sino con imágenes ya vividas? Hay, incluso una
contradicción esencial entre los términos “proyecto” y “moderno”. Pro-yectar:
lanzar hacia adelante, pro-poner. Idéntico sentido se recoge en el término
alemán: Ent-wurf, ent-werfen: sacar, arrojar. Porque, para lanzar algo hacia
adelante, lanzador y proyectil tienen que estar atrás. Todo proyecto viene de
atrás, sale del fondo, es un emisario del pasado.”
Álvaro Gutiérrez García Parra. 17 de junio de 2011






2 comentarios:
Qué mal pensar que lo moderno es una receta de actuar. Qué peligroso es no buscar a Saint Simon en la eficiencia de Le Corbusier, qué peligroso es no ver a Hannes Meyer como un Brecht de la arquitectura, qué peligroso es no pensar en la modernidad cuando se piensa en los modernos. Y qué arquitectura más banal sale cuando no se quiere fabricar nada sino atar cabos con eficiencia.
Querido, a veces la buena arquitectura nace del saber atar cabos, no simpre hay que inventar
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